Un día junto al mar
Una concha
para el tejado
Un pequeño cuento en dos partes.
Suawi y la concha para el tejado
Suawi había elegido el sitio con cuidado: junto al mar, bajo una sombrilla y con el cubo azul cómodamente al alcance de la pata. Llevaba una hora larga construyendo su castillo de arena. Tenía torres, una gran puerta y sitio de sobra para las visitas. Solo la escalera había salido un poco torcida. Suawi la había declarado tobogán sin pensárselo dos veces. Ahora faltaba lo más importante: la concha rosa para la torre más alta. La levantó con cuidado. En un trabajo tan delicado, un solo estornudo podía cambiarlo todo.
Cuando la concha quedó por fin en su sitio, Suawi se echó un poco hacia atrás. Tenía arena pegada a las patas, a la barriga y, seguramente, a lugares que no descubriría hasta la noche. Contempló su obra desde la izquierda. Luego desde la derecha. Y otra vez desde la izquierda, porque desde allí el castillo parecía especialmente majestuoso. «Un bonito lugar para vivir», murmuró. Una gaviota chilló. Suawi alzó la mirada. «Visitarlo, sí. Pero para mudarse hay que limpiarse las patas primero».
Entonces llegó una ola que avanzó por la playa más que las demás. El agua se deslizó alrededor de la torre más alejada, llenó una pequeña hondonada y se retiró brillando al sol. Suawi se quedó muy quieta. Luego se inclinó hacia delante. «Oh. Un foso». Eso sí que no se lo esperaba. Por si acaso, alejó un poco más el cubo del agua y dejó la pala a su lado. La siguiente ola ya venía de camino. Suawi la miró acercarse. «Así ya está bien», dijo amablemente. «No he pedido ningún sótano».
El primer invitado
La siguiente ola se detuvo, en efecto, ante la gran puerta. Al retirarse, algo se movió en el foso. Suawi se inclinó hacia delante. Entre dos conchas había un cangrejo diminuto. Levantó una pinza, volvió a bajarla y dio unos pasos de lado. «¿Vienes de visita?», preguntó Suawi. El cangrejo no respondió. Ya iba camino de la entrada. Suawi se incorporó un poco. Su primer invitado. Menos mal que había colocado la concha en el tejado a tiempo.
El cangrejo se detuvo ante la puerta. Un montoncito de arena le cerraba el paso. Suawi lo reconoció enseguida: era lo que quedaba de su primera escalera, de la que pensaba ocuparse más tarde. «Un momento, por favor». Con cuidado, apartó la arena con la pala. El cangrejo esperó. Después dio media vuelta, rodeó la torre y desapareció por un hueco estrecho en el muro. Suawi lo siguió con la mirada. «Claro», murmuró. «La entrada lateral».
Un rato después, dos ojitos asomaron desde la sombra de una concha. Suawi ya se había tumbado boca abajo, con la barbilla sobre las patas delanteras. Así podía observar a su invitado sin derribar ninguna torre. «Puedes quedarte un ratito», dijo. «A la sombra se está más a gusto». Entonces se acordó de algo. Miró las muchas huellas diminutas en la arena y suspiró suavemente. Lo de limpiarse las patas iba a llevar algo más de tiempo con aquella visita. Suawi decidió terminar de escribir las normas de la casa al día siguiente.
Hasta aquí por hoy.